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Respira Siria, respira
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El adiós al último “padre” fundador del Estado de Israel, Simon Peres, marcó este martes un a [ ... ]

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Respira Siria, respira

Tienen que gasearlos a centenares para que prestemos atención a su desgracia. De los bombardeos que sufren a diario desde hace más de seis años y que también masacran indiscriminadamente a civiles ya nos vacunamos hace tiempo. Son pocas las voces que siguen gritando y exigiendo la atención que merecen.

Siria va y viene en nuestras conciencias, nos enciende con la misma fuerza con la que olvidamos nuestra indignación. Furia sincera pero pasajera y dosis humanas de empatía que logran sobrevivir apenas unas horas en tiempos de inmunización al dolor ajeno. Nuestro odio ya sólo se aviva con vídeos en los que rocían a manguerazos a niños convulsionando para tratar de desintoxicarles de la muerte, con vídeos de críos a los que presionan con fiereza el pecho tratando de reactivar su ritmo cardíaco. De esas miradas inocentes que se pierden en el horizonte es imposible escapar.

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Niños sirios condenados a la explotación laboral y al analfabetismo

La situación material de los refugiados sirios en Turquía, al igual que en Líbano, Jordania y demás países receptores de refugiados sirios, en mayor o menos medida, es entre mala y muy mala. En muchos casos hay falta de accesos a los servicios más básicos como la vivienda, la electricidad, el trabajo, la educación... Todo ello depende de la situación de cada familia, incluso de cada persona, pero generalmente las familias que mejor se pueden apañar, no suelen quedarse en Gaziantep, ciudad turca que tuve la oportunidad de visitar, sino que se van a otras ciudades como Estambul o Ankara.

Toda esa privación y falta de acceso a esas necesidades, provocadas por un sistema económico mundial que no entiende de solidaridad, hace que los refugiados no salgan del círculo vicioso de la pobreza, lo cual lleva a que muchas familias se vean obligadas a poner a trabajar a sus hijos. Como es el caso de Ahmad, Walid e Ismael, tres hermanos de una gran familia de Alepo que se vieron obligados a trabajar en una tienda de alimentación y dejar la escuela.

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Exmilitar español en Afganistán: “Somos el juguete de los políticos”

Estuvo cuatro meses en la guerra de Afganistán. Los más largos e interminables de su vida. Su mente lucha, desde entonces, por borrar todo lo que vio y vivió allí pero, con la misma fuerza,  sus “pesadillas, temblores y espasmos durmiendo” le recuerdan a diario sus cadenas emocionales a aquella misión española en la que participó como militar a finales de 2008.

“Me arrepiento diariamente de muchísimas cosas que hicimos y que, aunque se hicieron allí, se vinieron conmigo y a día de hoy no me abandonan”, reconoce Jonathan* (nombre ficticio por temor a represalias).

No le gusta demasiado hablar de aquello. Ni conserva ya fotografías de su estancia;  se deshizo de todo lo que estaba en su mano para dejar de recordar a aquel chaval de 19 años que, buscando un trabajo que le “proporcionara un sueldo, un techo y comida”, acabó convirtiéndose como militar en una figura que desprecia: “Somos el juguete de los políticos”.

Pero su pasado sigue ahí. Intacto más de siete años después. Y eso “lamentablemente no se supera”,  confiesa.

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Siria se desangra sin poder curar sus heridas

Cuando el personal médico sirio comenzó a ser decisivo a la hora de cambiar el destino de algunos de los civiles alcanzados por los bombardeos del régimen de Bashar Al-Assad, su profesión, al igual que la del periodista, se tornó incómoda.  

La atención del personal sanitario sobre el terreno a menudo arrebataba a los proyectiles el macabro poder de reducir a escombros las vidas del bando enemigo. Vidas al margen del frente de guerra, en la gran mayoría de los casos, que sufrían entonces y sufren ahora la irrupción del combate en sus rutinas.

Quieren desangrar a los civiles y que no puedan cortar la hemorragia”, advierte en una entrevista el joven hispano-sirio Abdul Karim, quien define como “el verdadero drama” la imposibilidad de abastecer en ayudas y material médico a gran parte de los hospitales del país.

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Los nietos de refugiados armenios huyen ahora de las bombas en Siria

Neli Djemirdjan, refugiada siria de origen armenio, llegó a España en marzo de 2015 desde el Líbano, tras haber huido de Siria junto a su marido. Ambos conviven en el Centro de Acogida de Refugiados de Madrid junto con otras nueve familias de refugiados sirios y otras tantas de otros países en conflicto como ucranianos, eritreos o palestinos. Diariamente reciben una clase de español básico y tienen una ayuda mínima de 50 euros por persona al mes, con la que deben sobrevivir. Sólo tiene derecho a la permanencia en el centro hasta nueve meses y,posteriormente, si tienen suerte, alguna ONG como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado les proporcionará una pequeña ayuda para poder vivir en un piso tutelado de alquiler. Mientras tanto, formarán parte de los muchos millones de parados que hay en España, hasta que acabe la crisis o hasta que decidan irse a otro país con mejores condiciones de acogida.

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Raed Aljundi: ‘Están desesperados, me piden ayuda para salir de Siria’

Raed siente cada vez más impotencia cuando mira hacia Siria. Le entristece en lo que se está convirtiendo aquel país que dejó en el año 1996 y que aún hoy recuerda con nostalgia a más de 4.000 km de distancia.  

En la ciudad española de Sevilla trabaja en una fábrica como comercial internacional, el mismo sector laboral en el que trabajó durante años para la Embajada española en Damasco. Le quedan meses para cumplir veinte años de residencia en España pero, por mucho tiempo que pase, su doble apellido Aljundi seguirá agarrándose con fuerza a sus raíces y conservará la huella de su procedencia: la zona rural ismailí de Salamiyah, al oeste del país y perteneciente a la gobernación de la ciudad de Hama.

El hispano-sirio cuenta a Un Mundo En Conflicto que Salamiyah meció la cuna de reconocidos poetas y escritores y que hoy es “un pueblo pobre y agrícola cuya única industria es una fábrica de secado de cebollas de los años 60” que sufre las consecuencias de un país consumido por la guerra.

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En Siria se respira la muerte

Esa madrugada en Guta, el simple hecho de respirar les mató. El gas sarín contaminó el oxígeno que inspiraban sus pulmones aquel fatídico 21 de agosto. Más de 1.400 personas pagaban con su vida en Siria la matanza humana más cruenta del año 2013 y el peor ataque químico en el último cuarto de siglo.

Otras 3.000 sufrirían a partir de ese momento las secuelas del gas nervioso que se expandió silenciosamente por sus casas mientras dormían para arrebatarles el control de su sistema de transmisiones neuronales y empujarles hacia la asfixia.

A un 30% de las víctimas no sólo le despojaron de sus sueños, sino de una infancia que se perdía antes de tiempo entre el dolor y la injusticia. La brutalidad de la guerra sellaba su inocencia y desbordaba sus miedos.

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