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Respira Siria, respira

Tienen que gasearlos a centenares para que prestemos atención a su desgracia. De los bombardeos que sufren a diario desde hace más de seis años y que también masacran indiscriminadamente a civiles ya nos vacunamos hace tiempo. Son pocas las voces que siguen gritando y exigiendo la atención que merecen.

Siria va y viene en nuestras conciencias, nos enciende con la misma fuerza con la que olvidamos nuestra indignación. Furia sincera pero pasajera y dosis humanas de empatía que logran sobrevivir apenas unas horas en tiempos de inmunización al dolor ajeno. Nuestro odio ya sólo se aviva con vídeos en los que rocían a manguerazos a niños convulsionando para tratar de desintoxicarles de la muerte, con vídeos de críos a los que presionan con fiereza el pecho tratando de reactivar su ritmo cardíaco. De esas miradas inocentes que se pierden en el horizonte es imposible escapar.

 

 

                                                                                                                                                                                   Un hombre transporta a una víctima en Jan Seijun, Idlib, Siria. Ammar Abdullah/ Reuters

 

 Una niña, bajo los efectos de sustancias químicas. Mohamed Al-Bakour/AFP/Getty Images

 

Ver los vídeos nos convierte en testigos de lo salvaje, de la impunidad más miserable de nuestros días, nos envuelve en una burbuja de la hipocresía que queremos pinchar pero que no explotamos nunca. Y caemos en la trampa de los estímulos. Ahora se nos narran incluso los olores que desprenden los lugares atacados en un intento macabro y desesperado por captar alguno de nuestros sentidos vírgenes.

Ayer le tocó a la localidad de Jan Seijun, en la provincia noroccidental de Idlib. Allí se siguen contando hoy cadáveres, 72 muertos por el momento, pero se teme un aumento teniendo en cuenta que hay más de 560 afectados por los químicos. Una veintena de niños se despiden allí de nosotros. Pero en el año 2013 se fueron muchos más, en una sola noche en Guta. El gas cloro también estuvo presente en el aire en 2014 y 2015, en estos años se produjeron más ataques químicos en el país pero las bajas civiles no rompían su dinámica habitual, no impactaban lo suficiente, no olían.

Mientras nos entretenemos buscando culpables, mientras repetimos los patrones idénticos de Guta enzarzándonos en discusiones de bandos que ciegan nuestro criterio propio, mientras navegamos en la prudencia de los supuestos y los presuntos esperando a que sea el tiempo quien nos haga la tarea sucia de relegar a un segundo plano la noticia, mientras tanto la población en Siria respira de nuevo. Y lo vuelve a hacer sin certezas. Sin la seguridad de que la próxima vez el oxigeno sea sustituido por gas sarín. 

Respira, Siria, respira.

 

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