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Un grifo de agua para 800 refugiados sirios en Líbano

Familias sirias que huyeron de Baba Amro por la guerra en su país, sobreviven hoy en habitáculos subterráneos de una antigua fábrica de Pepsi, cerca de la ciudad libanesa de Sidón. “En Siria nos bombardeaban. Aquí, en Líbano, el Gobierno no nos quiere y, en Europa, ya nos han olvidado”, denuncia una viuda con siete hijos.

 

Marta Sotres- Sidón, Líbano

Las pequeñas de siete y ocho años Nur y Dana despiertan. Aún no son las 6 de la mañana, pero el juego ya ha comenzado, sus miradas se desafían a llegar las primeras al único grifo del refugio. Apenas diez metros les separa de la meta, pero resulta una distancia más que suficiente para que alguna de sus chanclas de colores se pierda por el camino con la intensidad de la carrera. No les preocupa, son sus únicos zapatos y siempre los recuperan. Ya identificada la ganadora del día, ambas esperan pacientes su turno, con las botellas de agua vacías.

La madre de Nur supervisa que su hija no derrame ninguna gota. El agua es un bien de lujo en el campamento improvisado de refugiados de Aqbyeh (عاقبية), un pueblo a diez minutos de Sidón, la tercera ciudad más grande del Líbano. El grifo-manguera, donación de la ONG local DPNA, se asemeja a los abrevaderos para el ganado. Enmohecido y oxidado ya, suministra dos horas de agua al día para los 800 refugiados sirios, divididos en 180 familias, que habitan las dos calles del refugio.

Junto a una carretera secundaria y a un nivel subterráneo, la que en el pasado fue una fábrica de la marca Pepsi, se ha reconvertido ahora en pequeños habitáculos de 20 m2 que sirven como “casas” para una o, incluso, dos familias. Los pasillos internos de piedra, enmarañados por el cableado eléctrico, carcomidos por las humedades y sin ventilación natural, conectan unos compartimentos con otros. Y no hay puertas, la privacidad de cada familia la determina el grosor de una sábana, que también es la única protección contra los picos de temperaturas en invierno y verano.


       

  

La mayoría de ellos lleva viviendo en estas condiciones desde 2013, año en el que  huyeron de Baba Amro, uno de los pueblos más castigados de Homs durante la guerra en su país. “Allí nos bombardeaban. Aquí, en Líbano, el Gobierno no nos quiere y, en Europa, ya nos han olvidado”, denuncia resignada una mujer que descansa su espalda en una pared. “El problema es de Europa, Estados Unidos y Rusia, ellos son los que venden armas”, le interrumpe un joven. Ella le mira, con la autoridad que a veces la edad confiere, y continúa: “En Siria me mataron a mi marido, me quedé sola con tres hijas y cuatro hijos. Tuve que huir. Y al llegar aquí, los sirios no tenemos permiso ni para trabajar”, denuncia, “seguimos adelante como podemos, ¿pero qué va a ser de mis hijos?”.   

Hasta el momento han sobrevivido gracias a que a muchos de los habitantes les requieren como jornaleros en las plantaciones de plátanos que rodean el campamento. Les pagan salarios bajos y el empleo es estacional e inestable, pero cuentan que les da, al menos, para comprar arroz para el resto de la temporada. También para zumo y café, que adquieren en un diminuto comercio cercano. Gastos a los que suman las 37.000 libras libanesas mensuales (21 euros) que pagan por generador eléctrico: para las bombillas y los teléfonos móviles que transportaron desde Siria. “La vida sigue, a pesar de todo”, añade la mujer.

En el caso de los más pequeños la vida también sigue. Pero directa hacia un futuro cada vez más incierto. Los menores representan en torno al 70% de la población del refugio, ninguno puede ir al colegio y sus días se resumen en gritar, correr, jugar a empujarse y pegarse. No reciben más educación que la que sus padres tratan de darles y alguna sesión puntual de hábitos de higiene y comportamiento a cargo de ONGs de la zona. “Están todo el día aquí metidos, no hay perspectivas, algunos han nacido en estas condiciones, no damos abasto para garantizar servicios mínimos”, alerta un trabajador de la ONG libanesa DPNA, que atiende numerosos campos de colectivos vulnerables en todo el país.

Por suerte o por desgracia, Nur y Dana aún no son conscientes del mañana. Lo que sí tienen claro es que a las 6 estarán otra vez en pie, desafiándose, dispuestas a ganar una nueva carrera por la supervivencia.

 

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