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La tortura: una rutina en Siria

Torturar es que escurran la sangre de tu cuerpo hasta dejarlo vacío, es que dejen tu mente en los huesos, es que te lleven a tus límites sensoriales infligiéndote el mayor dolor físico y psicológico posible. Torturar es una forma de matarte por dentro.

La tortura busca, desde una cobardía silenciada por una extrema brutalidad, resquebrajar en mil trozos tu autoestima y tu resistencia moral. Busca humillarte y despojarte de cualquier dignidad humana.

Y es que el placer del torturador es el mero hecho de castigarte, de intimidarte y de coaccionarte. Su éxtasis es que por tu boca salga una confesión que su mente enferma espera ansiosa. Una tarea relativamente sencilla: cualquiera (o, al menos, una gran mayoría) confesaría ante una situación así que uno mismo es quien se está torturando.

 

Son los humanos los autores de estas conductas, los humanos del siglo XXI. Hay quien pretende demostrarles su desprecio refiriéndose a ellos como “animales  salvajes”. Pero, lo cierto, es que nunca veremos una maldad semejante en el mundo animal. La supervivencia y el instinto matan por hambre, no por afición. 

El tigre no despelleja a otro ser vivo por una vestimenta más acolchada, ni el elefante se entretiene viendo el sufrimiento de su misma especie. La comparación es injusta. El humano ya se retrata a sí mismo con sus propias acciones. 

La tortura es la consecuencia más visible del odio irracional humano y de una superioridad mal entendida. Mientras algunos nos aventuramos a intuir como sería sufrirla, otros no tienen tiempo de pensarlo, la viven día a día.

11.000 torturados y ejecutados

En Siria, 11.000 personas han sido torturadas y ejecutadas de forma sistemática dentro de las cárceles del régimen de Bashar al-Assad desde el comienzo del conflicto en 2011. Así lo reflejaba en enero el informe elaborado por fiscales internacionales, al que tuvieron acceso los medios The Guardian y CNN. Las fotografías que lo acompañaban se convertían en la mayor evidencia.

La tortura está completamente prohibida en cualquier rincón del planeta. Sea durante una guerra, durante un contexto de tensión o en una catástrofe. No hay contexto que lo permita.

“La prohibición ha alcanzado un consenso internacional tan sólido que se ha convertido en norma del derecho internacional consuetudinario, vinculante incluso para los Estados que no se han unido a los tratados de derechos humanos pertinentes”, aseguran desde Amnistía Internacional.

Sin embargo, la realidad muestra una práctica muy alejada de esos parámetros teóricos.

Las fotografías del horror

El Departamento de Estado norteamericano obtuvo 55.000 imágenes de las terribles condiciones en las que se encontraban los cuerpos de los ciudadanos sirios torturados. Las fotografías fueron tomadas de manera clandestina por César, apodado así (como maniobra de protección) desde que se vio obligado a desertar del país. Trabajaba como oficial de la policía militar del régimen. Fue asignado para dirigir un equipo de fotógrafos cuya tarea era la de documentar las muertes de los detenidos. Los cadáveres eran trasladados desde los centros de detención a hospitales militares.

 

"Podía haber hasta 50 cuerpos por día para fotografiar”, reconocía César. El objetivo de las fotografías era doble: emitir un “certificado de defunción” sin testigos y confirmar el “cumplimiento de las órdenes de ejecución”. A las familias se les informaba de defunción por "ataque cardíaco" o "problemas respiratorios”.

Por su parte, y acusado en reiteradas ocasiones de llevar a cabo crímenes de guerra, el régimen sirio ha negado desde el inicio que se estén produciendo abusos de los derechos humanos. No viene mal recordar que son más de 200.000 los muertos durante el conflicto.

Asimismo, rechazó la veracidad de las imágenes y de los informes de denuncia por su contenido “politizado y falto de objetividad profesional”. El régimen sugería que muchos de los cuerpos mostrados eran de insurgentes que murieron en combate. Juzgando las condiciones de los retratados pocos verían verosímil esta versión. 

“Aplicaron pistolas eléctricas paralizantes sobre mis genitales”

Las imágenes hablan por sí solas. La tortura ha dejado su huella en los cuerpos. Descargas eléctricas, mutilaciones, síntomas de desnutrición, estrangulamiento, quemaduras con ácidoasaltos sexuales, contusiones…Human Rights Watch (HRW) revelaba la existencia de “20 métodos distintos utilizados por los servicios de inteligencia y seguridad” en “27 centros de tortura”.

La mayoría de las víctimas son hombres jóvenes. Pero también hay mujeres, ancianos y niños, algo que la ONG ha denunciado en numerosas ocasiones a lo largo del conflicto.

 

HRW publicó en julio del año 2012 un informe basado en más de 200 entrevistas con detenidos: “Torture Archipelago: Arbitrary Arrests, Torture and Enforced Disappearances in Syria’s Underground Prisons since March 2011” (“Archipiélago de torturas: Arrestos arbitrarios y desapariciones forzadas en las prisiones clandestinas de Siria desde marzo de 2011”).

Esta es la descripción que hacía uno de ellos, de 31 años, sobre su experiencia en la Prisión Central de Idlib:

“Me obligaron a desnudarme. Entonces empezaron a apretarme los dedos con alicates. Pusieron grapas en mis dedos, pecho y orejas. Sólo me las podía quitar si hablaba. Las grapas en las orejas eran las más dolorosas. Emplearon dos cables conectados a una batería de un coche para aplicarme descargas eléctricas. Aplicaron pistolas eléctricas paralizantes sobre mis genitales dos veces. Pensé que nunca volvería a ver a mi familia. Me torturaron así tres veces a lo largo de tres días”.

Este vídeo muestra otras narraciones de la pesadilla:

 

Transcurridos tres años y siete meses del inicio del conflicto en Siria, el abuso se sigue cometiendo dentro de las fronteras del país. La tortura sigue siendo una trágica rutina. 

 

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