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Exmilitar español en Afganistán: “Somos el juguete de los políticos”

Estuvo cuatro meses en la guerra de Afganistán. Los más largos e interminables de su vida. Su mente lucha, desde entonces, por borrar todo lo que vio y vivió allí pero, con la misma fuerza,  sus “pesadillas, temblores y espasmos durmiendo” le recuerdan a diario sus cadenas emocionales a aquella misión española en la que participó como militar a finales de 2008.

“Me arrepiento diariamente de muchísimas cosas que hicimos y que, aunque se hicieron allí, se vinieron conmigo y a día de hoy no me abandonan”, reconoce Jonathan* (nombre ficticio por temor a represalias).

No le gusta demasiado hablar de aquello. Ni conserva ya fotografías de su estancia;  se deshizo de todo lo que estaba en su mano para dejar de recordar a aquel chaval de 19 años que, buscando un trabajo que le “proporcionara un sueldo, un techo y comida”, acabó convirtiéndose como militar en una figura que desprecia: “Somos el juguete de los políticos”.

Pero su pasado sigue ahí. Intacto más de siete años después. Y eso “lamentablemente no se supera”,  confiesa.

 

 Un soldado español en un puesto de combate en la provincia de Badghis, Afganistán. Fuente: EFE.

En las guerras “estás matándote con gente que ni conoces porque varias personas están en conflicto, personas que ves en las noticias estrechándose la mano y riendo hipócritamente delante de las pantallas e intentando hacer acuerdos que luego nunca resultan”.

Sus vivencias sobre el terreno afgano (y un año antes sobre el libanés, donde participó como paracaidista en la base española Miguel de Cervantes) cambiaron su opinión sobre el papel militar en los conflictos bélicos. El combate se nutre de gente que “la mayoría de las veces ni sabe por qué está ahí” y que “acepta dichas misiones por las remuneraciones económicas”, advierte.

Nada queda ya de la “curiosidad” de infancia que le hacía imaginarse uniformado como su abuelo, militar con rango de general, o de la ilusión de formar parte de una misión en defensa de los buenos. El frente le enseñó a no asociar la bondad con las armas.

 

‘Los americanos creían que Afganistán era suyo’

Jonathan regresó vivo a casa aquel 2008. Tuvo la suerte de poder hacerlo. Pero parte de él murió con sus compañeros en la ciudad de Shindand la mañana de un domingo de noviembre. Recuerda con nitidez aquella fecha (aunque estuvieran en conflicto, le gustaba saber que era fin de semana). Aquel día quedó incrustado en su mente para siempre.

“Vivo una y otra vez el momento en el que una furgoneta blanca cargada de explosivos hacía saltar, a escasos treinta metros de nosotros, el BMR (vehículo militar blindado) de unos compañeros militares españoles”. El brigada Juan Andrés Suárez García y el cabo primero Rubén Alonso Ríos “fueron reducidos a cenizas en un segundo”.

Desconcertado, recorre aquellos instantes de horror: “Fuego, gritos, ruido y un incesante pitido en mi cabeza que me hizo hasta perder el equilibrio. Los momentos siguientes apenas los recuerdo, lo único que sé es que quedé bloqueado; no sabíamos que había pasado, si había sido un accidente, si habría más ataques... Solo estábamos allí en medio de una carretera, abiertos a cualquier ataque. No estábamos preparados, no existe formación contra aquello”.

Los talibanes afganos reclamaron la autoría de aquel atentado suicida. A este joven exmilitar siguen sin salirle las palabras para describir a gente que es capaz de perpetrar un ataque así, a “personas capaces de cargar con explosivos a niños y darles directrices para que, al llegar a cierto grupo de hombres, aprieten el botón”.

El comportamiento que vio en aquellos hombres, una y otra vez, le dejó huella: “No tenían miedo a la muerte”, ni siquiera se apartaban cuando había cruces de disparos. Exponían su vida a cualquier precio.

 

Guerrilleros talibanes en una base secreta en la zona oriental de Afganistán. Fuente: Reuters.

A Jonathan no solo le marcaron los talibanes, también lo hicieron las tropas estadounidenses, con quienes se cruzaba a menudo sobre el terreno. De sus militares conserva una imagen “horrible” porque, dice, no haber conocido nunca a “personas más descorazonadas, prepotentes y con ese odio descomunal por la población civil”. Una actitud que, junto a un presupuesto militar muy elevado, se convertía, a su juicio, en una “mala combinación”.

Mientras que “nosotros teníamos las balas contadas”, narra Jonathan, ellos intercambiaban armas como “un M-16 por dos raciones de comida”.

Para él, representan bien la idea de que “en las guerras no hay ley” y de que todo vale en un entorno así. “Hacen las atrocidades que les da la gana sin ningún tipo de represalia, mean los cadáveres, abusan de autoridad, roban a los civiles...Afganistán era suyo o eso creían”, sentencia.

 

Respirar vida después de Afganistán

Finalizada la misión en Afganistán, Jonathan dedicó la mayor parte de su tiempo a sentir la vida, a “respirarla” sentado desde la ventana de su casa en España. Le bastaba con ver pasar el tiempo. Los primeros meses tan solo eso lograba hacerle feliz. Y rodearse de sus amigos, de su pareja, de su familia, lo único que ahora realmente le importa.

Su experiencia en primera línea de batalla le enseñó a apreciar el poder tranquilizador del silencio. Un silencio que cuando se rompía con brusquedad y de forma inesperada le hacía pasar muy malos ratos, incluso años después de volver de aquel infierno. “Andaba por la calle mirando a todos lados y tenía que abandonar mi casa en época festiva en mi localidad, pues los petardos me hacían tener taquicardias”. El primero que escuchó le hizo lanzarse instintivamente al suelo para esconderse.

“En esta vida estamos de paso, en cualquier momento esto se puede acabar”, afirma.

Poco a poco, y con mucha ayuda de su entorno, fue sustituyendo aquellas rutinas de terror y empezó a vivir de nuevo. Una segunda oportunidad que se dio a sí mismo desde que en Afganistán se planteara abandonarlo todo. Allí la vida perdía el sentido.

Logró no rendirse pero aún hoy sigue haciéndose la misma pregunta que se hacía entonces: ¿Qué estaba haciendo en Afganistán?

Desde 2002, año en el que comenzó la misión de las Fuerzas Armadas españolas en el país afgano, cien de sus militares fallecieron en el desarrollo de su trabajo. Setenta y nueve murieron por accidente aéreo (62 de ellos regresaban a casa en el trágico Yak-42), catorce fueron víctimas de atentados, dos perdieron la vida en carretera y otros cinco sufrieron un infarto. La guerra los mató a todos. 

Y a tantísimos otros. Siempre demasiados.

 Soldados estadounidenses en la ciudad afgana de Kandahar. Fuente: Drew Brown /Stars & Stripes

 

*El entrevistado escogió Jonathan como nombre ficticio en homenaje a un compañero que perdió en combate en Líbano. 

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