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Neli Djemirdjan, refugiada siria de origen armenio, llegó a España en marzo de 2015 desde el Líbano, tras haber huido de Siria junto a su marido. Ambos conviven en el Centro de Acogida de Refugiados de Madrid junto con otras nueve familias de refugiados sirios y otras tantas de otros países en conflicto como ucranianos, eritreos o palestinos. Diariamente reciben una clase de español básico y tienen una ayuda mínima de 50 euros por persona al mes, con la que deben sobrevivir. Sólo tiene derecho a la permanencia en el centro hasta nueve meses y,posteriormente, si tienen suerte, alguna ONG como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado les proporcionará una pequeña ayuda para poder vivir en un piso tutelado de alquiler. Mientras tanto, formarán parte de los muchos millones de parados que hay en España, hasta que acabe la crisis o hasta que decidan irse a otro país con mejores condiciones de acogida.

''Durante la guerra la situación era insostenible, vivíamos incomunicados, sin luz, ni agua. Con bombas por encima de nuestras casas a todas horas, y la vida se nos hizo imposible'', confiesa Neli entristecida. ''Tuvimos que viajar 17 horas en coche con mi marido herido desde Alepo, nuestra ciudad, hasta Líbano, desde donde pudimos pedir asilo en la Embajada, un permiso que nos fue concedido 7 meses después. En cualquier caso, somos de los afortunados''.

                                                                                                                  La ciudad de Alepo, convertida en escombros. Fuente: AFP

En el contexto de la guerra civil siria, entre el régimen de Bashar Al Assad y las milicias opositoras tras el estallido de las revueltas árabe, la comunidad armenia se posicionó desde el primer momento del bando del régimen. Entre los representantes de la comunidad armenia siempre hubo relaciones de cooperación con Hafez Al Assad, padre del actual dictador y, tiempo después, con su hijo Bashar Al Assad.

En lo relativo al tema de los opositores radicales, ''cuando aparecieron los radicales islamistas como Al Fatah o Al Nusra nuestra situación fue mucho más difícil, el miedo hacia ellos crecía más y el régimen cada vez era mas débil en nuestra ciudad, Alepo. De cuatro iglesias ortodoxas que teníamos, los radicales derribaron dos, robaron todo lo que había en su interior y destruyeron todo lo que había por medio. Sin embargo, los que hemos convivido con musulmanes sabemos que el radicalismo islámico no es islam, mis abuelos cuando llegaron a Siria fueron ayudados por mezquitas de musulmanes, y en nuestro barrio de Alepo las iglesias ayudaban y siguen ayudando a musulmanes. A pesar de todo nunca nadie hará olvidar la buena convivencia que tuvimos todas las comunidades que formamos un día lo que fue Siria.

A pesar de la cercanía y complicidad de los armenios con el régimen de Assad, nuestra entrevistada nos muestra la doble cara de la situación, reconociendo lo positivo y negativo de todo. ''Aunque había seguridad y libertad religiosa (algo muy importante a nuestro favor), nos dejó a los armenios practicar nuestra fe y mantener nuestra costumbres. En general, la comunidad armenia no estaba muy politizada ni tendía a entrar en esos debates, primero por el miedo, segundo por nuestro propio interés y la especial cercanía de las élites armenias al Gobierno, aunque por ello no deje de ser una dictadura''. 

''El régimen de Assad debe cambiar, pero los opositores que luchan contra él son peores, lamentablemente.'', sentencia Neli.

Se estima que, aproximadamente, el conflicto ha dejado sin vida a más de 300.000 personas, decenas de miles de desaparecidos, 8 millones de desplazados internos y 4 millones de refugiados que, día a día, vemos ahogarse en las orillas del Mediterráneo intentando llegar a las costas de Europa. ''Era vivir en un miedo constante, escuchar bombas a todas horas y no saber si amanecerás con vida al día siguiente. Estuvimos más de dos años sin electricidad ni agua. Mi marido quedó gravemente herido cuando intentaba huir de unos tiroteos aunque gracias a Dios se está recuperando aquí en España. Vi morir a mucha gente, derrumbarse muchos edificios, destrozarse muchas vidas, tengo muchos amigos y vecinos que están desaparecidos y no se sabe nada de ellos, sentí el sufrimiento de la guerra, fueron meses muy horribles que no se los deseo a nadie'', narra Neli.

¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quiénes son incapaces de escucharla? Debe ser que nadie la ha querido escuchar, y de ella nadie ha querido aprender. Toca abrir libros de historia y situarnos a principios del siglo XX, cuando las autoridades turcas de aquel entonces, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, deportaron y exterminaron a aproximadamente 1'5 millones de civiles armenios, dando lugar a uno de los mayores genocidios de la historia. Uno de esos genocidios por los cuáles nadie fue juzgado en su día y que algunos a día de hoy ni siquiera reconocen. Un genocidio merecedor de todos los calificativos negativos que puedan utilizarse para describir semejante acto, de los dejan cicatrices imborrables en las memorias del pueblo que lo sufrió... 

                                                                                                                                    Imagen de archivo del Genocidio Armenio. Fuente: AFP

De los descendientes de los supervivientes armenios, uno de los países en los que era importante la comunidad armenia era Siria. Hasta el año 2011 vivían en Siria unas 300.000 armenios de fe cristiano-ortodoxa, siendo una de las minorías más importantes del país. Desgraciadamente, la guerra también los expulsó de allí.  

Preguntada por su futuro, Neli responde: "Amamos Siria y esperamos algún día volver a ella, a mi Alepo, con mis familiares y amigos de distintas confesiones, volver a tener la vida que teníamos, en paz y armonía. No quiero ser de nuevo la generación que abra otra vida de desarraigo. Y así es la historia, otra vez más, yo, nieta de refugiados, me vuelvo a refugiar...".

 

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