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Lágrimas de Salka

Es el último día del año, en cualquier calle del mundo se respira aire navideño; los regalos, los festejos y el vaso lleno de deseos para el nuevo año son el panel preliminar de una noche fugaz. A a muchos kilómetros de distancia, nos desplazamos desde Un Mundo en Conflicto, hasta los campamentos de refugiados saharauis cerca de la sureña ciudad argelina de Tindouf, en plena Hammada o como la geografía describe; el lugar más inhóspito del planeta.

Desde que comenzamos a trabajar en la difusión del conflicto saharaui era una prioridad visitarlo, ver de forma física y en primera persona las infinitas historias de los refugiados saharauis. En cada jaima donde habitan las familias existe dolor. La espera y las promesas incumplidas por parte de la comunidad internacional son sólo la antesala de aquellos que lo perdieron todo. En la cima de esta pirámide del dolor están las madres coraje, aquellas que, en una cruel invasión no solo de lo más elemental sino de sus propios seres queridos, quedaron atrás entre la muerte y el olvido.

Para ello, nos desplazamos a El Aaiún, uno de los cinco campamentos que componen la red de administraciones civiles de la Republica Árabe Saharaui Democrática (R.A.S.D). El gobernador Hamma Bunia nos informa sobre los casos que están siendo atendidos como sensibles y nos habla de una organización italiana que atiende los de extrema necesidad en el campamento. Allí conocemos a Salka.

 

Para hablar de esta mujer hace falta remontarse muchos años atrás, siendo una treintañera y madre de tres hijos; Ahmed, Gaid y Said, los recuerda como si nunca se hubieran ido. Salka decide, ante la eventual invasión marroquí, huir a Tifariti. Su madre, que no veía con buenos ojos aquel viaje, nada pudo hacer ante los nervios de una joven madre a la que la inestabilidad política y los susurros de las calles de piedra, en las que se encuadra su barrio en El Aaiún, no hacían más que aumentar su angustia.

Tanto los gemelos Gaid y Said, de catorce años, como el pequeño Ahmed, de siete, son su razón de ser, acostumbrada a no separarse de ellos ni un sólo segundo, decide embarcar en la huida del no retorno.

Salka, madre y padre a la vez, (ya que el progenitor de estos se había alistado en las filas del Frente Polisario y llevaba un año entre sus células internas), se dividía en tantas personas como sus hijos necesitaran: la amiga fiel, el padre ausente y la madre sin tiempo para sí misma. Salka era el eje central de sus vidas.

Entre la emoción y el sonido de la elevación de la espuma que nutre los vasos de té, Salka rompe a llorar, los recuerdos le queman las entrañas. Ya no es aquella mujer que hace apenas unos minutos sonrojaba al son del recuerdo. Su narración se acerca a la tragedia y su fuerza interior no logra contener las lágrimas. Etwama (los gemelos) murieron en aquella operación.

El 18 de febrero de 1976 la aviación ataca a los campamentos de refugiados de Um Dreiga y Tifariti, mujeres, niños y ancianos mueren a centenares. "Aún me levantan a altas horas de la noche los pitidos de aquellos pájaros de la muerte", confiesa Salka. Las aves que describe eran los aviones de las Fuerzas Armadas de Marruecos que aquel día bombardeaban Um Draiga sin compasión. El napalm y el fósforo blanco, prohibidos a nivel internacional, hacían el trabajo sucio.

Al igual que Salka, muchas madres perdieron a sus hijos y muchos niños quedaron huérfanos. Pero las malas noticias llegaban después, no había nada que hacer por salvar a los gemelos, sus vidas se apagaban prácticamente a la vez. "No puedo preguntarle por mis hermanos, precisamente por no verla llorar”, interrumpe Ahmed mientras se funde en un abrazo con su madre. 

Su jaima lo es todo para ella, es un hogar muy humilde en el que puede permitirse residir con su hijo y la mujer de éste.

Las arrugas del rostro de esta mujer, que en apenas quince días cumple los 75 años, son indescifrables. Sus líneas de expresión son las marcas imborrables de su historia. El recuerdo de que el exilio ha marcado los latidos de su corazón más de la mitad de su vida. Una vida en tierras ajenas a sus sentimientos y a su fe.

Salka representa en sí misma una experiencia forjada a base del tiempo. No le pide nada más a la vida que le espera que tener la posibilidad de poder vivirla. "Aychin alhamdouliallah" (vivimos gracias a Dios), se despide. Y junto ella los deseos y el anhelo de un Sahara libre.

 

Salka, dentro de su jaima. Fuente: Omar Slama/ www.unmundoenconflicto.com.

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